y que tiene vendidos más ejemplares que cualquier otro libro a excepción de la Biblia es El progreso del peregrino de John Bunyan. Lo irónico es que el autor pasó la mayor parte de su vida arreglando ollas y sartenes, pero su obra maestra se plasmó en las páginas de este libro inmortal que nos enseña cómo Dios obra en nosotros, nos forma y amolda para el camino que emprendemos cuando le seguimos.
Recuerdo que un joven político británico, durante una visita a Washington D.C., fue atropellado por un automóvil mientras cruzaba la calle. El accidente lo podría haber dejado discapacitado de por vida o tal vez matado. En sus propias palabras, tendría que haber acabado tan aplastado que nadie lo hubiera reconocido. Gracias a Dios no sucedió nada de eso. Quienes estuvieron allí observaron la preservación fortuita de una vida. Solo nos cabe imaginar cuál habría sido el futuro de nuestro mundo si Winston Churchill no hubiera salido ileso ese día. Para detener a Hitler, se necesitaba un Churchill.
También, podemos ver que Dios entrenó a Moisés en un palacio para luego usarlo en el desierto. Entrenó a José en el desierto para luego usarlo en un palacio. Todo esto nos explica que algunos tienen que deambular por senderos tortuosos y que otros avanzan por las rutas bien pavimentadas de un nacimiento lleno de privilegios o rodeados de amigos con influencias; y otros más llegan luego de un desvío o después de encontrarse con una clara señal. Por eso, descubrir nuestro propósito es uno de los retos más grandes de la vida, en especial cuando uno tiene un abanico de dones diversos.
Con frecuencia descubrimos demasiado tarde en la vida que alcanzar una meta y sentirnos realizados no es necesariamente lo mismo. TÚ TUENES UNA RAZÓN DE SER, TE TOCA A TI DESCUBRIRLA.